SANTO DOMINGO.
De Máximo López hijo.
Un Ministerio de ese nivel está reservado para personalidades de la talla del fenecido Federico Henríquez Gratereaux, otro Premio Nacional de Literatura, a quien hubiera sido todo un honor verlo en dicha función, lo mismo hubiera sucedido con el novelista y poeta Marcio Veloz Maggiolo, o el sublime Lupo Hernández Rueda.
Pero “Robertico” ¿qué sabe Robertico de cultura? Por dios.
A mi entender, las riendas de ese Ministerio debe estar en las manos de un intelectual que tenga conocimiento de la evolución del arte a través del tiempo, que sepa manejar las bellas artes: la danza, la escultura, la música, la pintura, la poesía y el cine. Que sepa responder si le hablan de clásicos como el Quijote de Cervantes, la Ilíada y la Odisea de Homero, Hamlet o la Divina Comedia, por mencionar algunos. Que en su biblioteca tenga libros de Dostoevsky, música de Beethoven, Mozart, Tchaikosky o Mahler. Que conozca la magia que encarnan las pinturas de Miguel Angel, Botticelli, Picasso o Dalí, y que entienda además la fascinante técnica artística y la expresión enigmática de la sonrisa sutil de la Gioconda.
Que no confunda la noche estrellada de Van Gogh con la agrupación “La oreja de Van Gogh”. Un Ministro de Cultura debe entender la intensidad emocional y el uso dramático del color en la obra icónica expresionista de Munch: “El Grito” debe saber interpretar a través del lienzo, lo que esa figura andrógina representa con su inmensa angustia y su intensidad emocional.
Un Ministro de Cultura debe saber el origen de nuestras danzas folclóricas, entre las que se encuentra la Mangulina, un ritmo más lento que el merengue, con base musical en el tresillo –tres notas por cada tiempo- basado en el compás 6/8 el cual es alimentado por coplas y décimas, del que cuenta la leyenda que la primera vez que se bailó en Bani, cayeron flores de Mango de ahí su nombre: Mangulina.
Señor presidente, deje a Robertico en lo suyo: ¡La chercha!






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